LITERATURA

RELATO. “MI OJO IZQUIERDO”

Cuando era niño, a eso de los 5 o 6 años, me dijeron que tenía un ojo vago. A mí me sorprendió la idea de que un ojo de repente pudiera renunciar a sus funciones como quien se toma un mes de vacaciones o un año sabático y se tumba a la bartola a verlas venir, nunca peor dicho.

Me resultaba simpática la idea de esa mitad ocular, de ese órgano tan complejo que, harto de trabajar por trabajar, decide retirarse a la vida contemplativa dejando precisamente de contemplar el mundo.

Cuando el oculista me explicó en qué consistía esta pequeña rebeldía de mi ojo derecho, comprobé empíricamente que efectivamente ese ojo no asumía el papel del cincuenta por ciento de la visión que la lógica de la naturaleza se suponía debía haberle otorgado, dejando la mayor responsabilidad de la ardua tarea de mirar la realidad al ojo izquierdo. Fue entonces cuando mi mirada inocente y simpática se tornó en acusadora hacia el órgano disidente, al comprender la desigualdad que implicaba para con el otro ojo su relajación y su vida alegre. Por supuesto, no pude evitar enfadarme seriamente con él.

Pero lo peor sin duda fue enterarme de cuál era la solución a aquel problema ocasionado por semejante zascandil, que no era otro que ponerle un parche al ojo activo. Dejando a un lado los trastornos estéticos que esta drástica solución podría ocasionar a un niño que comienza a entender la importancia de la imagen en nuestro entorno, pues ya bastante tenía con los espabiladillos del cole y del barrio que por aquel entonces se atrevían a llamarme “cuatroojos”, yo no dejaba de pensar que el ojo izquierdo, aquel que sin rechistar había asumido el trabajo del causante de todo este desaguisado, no había solicitado ningún periodo vacacional. Él, al contrario que su compañero, no había decidido ni pedido en ningún momento dejar de asumir sus responsabilidades. Es más, seguro que le encantaba mirar al mundo y descubrir sus novedosas maravillas a través de su pupila. No solo había tenido que acarrear durante largo con el trabajo que su vecino había decidido voluntariamente dejar de realizar, sino que ahora le sumían imperiosamente en una oscuridad planificada y constante que él no había elegido.

En estos vaivenes del pensamiento, me angustió de repente la pregunta de qué pasaría si también este ojo izquierdo que hasta ahora tan óptima y “ópticamente” había funcionado, se acostumbrara de repente al retiro de sus labores oculares y, como el otro, decidiera no asumir su parte del trabajo. ¿Cómo sería ver el mundo a través de dos ojos vagos? No entendía cómo todos a mi alrededor pensaban sin cuestionárselo siquiera que la solución al problema podía ser la del parche. ¿No se daban cuenta de que podía pasar lo contrario de lo que pretendían?

La idea de portar de por vida dos ojos vagos me torturaba. Y a escondidas, cuando me encontraba fuera de las miradas adultas, y para mí por supuesto absolutamente irresponsables, me dedicaba a liberar de su encierro a mi vilipendiado ojo izquierdo, para comprobar aliviado que todavía asumía sus responsabilidades ópticas. El otro en cambio, lejos de despertar de su letargo, en cuanto podía seguía escaqueándose de sus labores. Y así pasaron los meses, peleando con mi madre en mi batalla personal contra aquellos horribles parches color carne.

Hasta que volvimos a la consulta del oculista. Tenía claro mi objetivo en aquella visita. Después de una serie de pruebas a las que yo astutamente respondía lo que debía responder, aquel doctor de medidas medievales concluyó que el problema estaba resuelto. Todo el mundo quedó contento. Y yo, claro está, no abrí la boca.

Durante mis años de infancia todo continuó igual. Ambos ojos seguían ejerciendo su trabajo de forma desigual, pero nadie más que yo se percataba de ello, y nadie pues se quejaba. Con el tiempo, ni siquiera yo me sentí incómodo con el tema, pues me convencí de que ambos ojos habían firmado un acuerdo laboral, ¿y quiénes éramos nosotros para entrometernos, acaso el sindicato del ojo?

En ciertas ocasiones, alguien me sorprendía haciendo guiños extraños para comprobar que el ojo derecho seguía en sus trece. Yo, por supuesto, temiendo ser descubierto, siempre me inventaba alguna excusa, y quedaba finalmente aliviado al comprobar que nadie más que yo estaba al tanto del delicado asunto.

Así fui creciendo, y aprendí a contemplar la realidad desde ese ojo generoso y solidario. Hasta hoy en que, muchos años después, sigo mirando el mundo a través del hermoso cristal, o… mejor dicho, del hermoso cristalino de mi ojo izquierdo.

 

 

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