EL FASCISMO VUELVE

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El fascismo vuelve sólo es una llamada de atención. El fascismo nunca se fue. Siguió albergado en una filosofía de explotación y discriminación que ha calado de modo transversal en millones de mentalidades y comportamientos humanos. Porque el fascismo no es inhumano. Conviene no olvidarlo. El holocausto no lo idearon y lo llevaron a cabo los primates no evolucionados. Se ejecutó tras anidar su filosofía en el pensamiento de muchos seres, puede que no humanizados, pero sí totalmente humanos. Y, con la toma del poder de algunos de sus elementos más representativos, como Mussolini, Hitler o Goebbels, lo transformaron en ideología a seguir y en producto a comercializar por medio de los más innovadores métodos de propaganda que el ser humano ha creado.
El fascismo del siglo XXI no siempre se muestra con símbolos como los de las SS o las esvásticas. Hay otro fascismo, lo que se conoce como “fascismo social”, que, como el viejo fascismo, representa y alimenta una filosofía de explotación y exclusión. Según el sociólogo Boaventura de Saoua Santos, “el fascismo social es un régimen caracterizado por relaciones sociales y experiencias de vida bajo relaciones de poder e intercambios extremadamente desiguales, que se dirigen a formas de exclusión particularmente severas”. El fascismo del siglo XXI descansa en las estructuras de lo que se conoce como sociedad de mercado. El capitalismo de mercado impone esa filosofía de la explotación y la exclusión de un modo mucho más sutil e inteligente que la cámara de gas. Pero se basa en los mismos principios filosóficos del hombre como lobo para el hombre. No hay que olvidar que el fascismo de los años 30 y 40 nació bajo el abrigo de un sistema capitalista muy avanzado y bajo las luchas de los grandes capitales por dominar el mundo. Y no fue ajeno al sistema de mercado. Ideológicamente, además del concepto de superioridad racial alemana, el odio hacia los judíos y el anticomunismo, el nazismo se basaba en la propiedad privada capitalista.
No hay que dejar de lado las razones económicas en la persecución hacia los judíos. Estos siempre han sido grandes capitalistas, de hecho eran y son conocidos como los banqueros del mundo. Hitler sólo utilizó el sentimiento generalizado de rechazo hacia los judíos que habitaba en la opinión pública de un pueblo en ruinas como el alemán, que de algún modo los responsabilizaba de su situación de hambre y miseria después de la derrota en la Primera Guerra Mundial.  De manera que este tradicional odio hacia los judíos, que ya calaba en la sociedad, fue el testigo cogido por Hitler y su séquito para crear una conciencia nacional de la exclusión e institucionalizar dicho odio. Y como la institucionalización genera acción, el holocausto sólo fue la lamentable consecuencia.
Tras la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, una de las potencias aliadas se erigió en defensor institucional de los principios fascistas. Se construyó el relato oficial del rechazo al nazismo y se vendió la imagen de unos Estados Unidos victoriosos que habían libertado al mundo, obviando la gran parte que en dicha victoria le correspondía a la Unión Soviética. Las acaudaladas productoras de Hollywood ayudaron a construir el discurso del mundo libre financiando numerosas películas sobre el holocausto y a la vez generando otro monstruo que, como aquel fantasma al que se referían Marx y Engels, esta vez amenazaba el mundo: el comunismo. Mientras, desde los despachos de la CIA, los guionistas de la Casa Blanca construyeron el relato del anticomunismo y la caza de brujas. Para Hitler y los suyos, el blanco eran aquellos elementos que simbolizaban la impureza y la antítesis de la raza aria. Judíos, gitanos, negros, homosexuales, y por supuesto comunistas. Para la Casa Blanca y los ideólogos del Nuevo Mundo, el blanco a eliminar después de acabar con Hitler eran sencillamente los comunistas y todo rastro de pensamiento de izquierdas y anticapitalista. A ello dedicaron todos sus esfuerzos teóricos y prácticos.
La demostración palpable de que el objetivo para EEUU no era el fascismo, sino el poder y el dominio sobre el mundo se puede comprobar en dos casos de una larga lista. Por un lado, remontándonos al pasado, el hecho de que tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos obvió las peticiones de los republicanos en el exilio y no hiciera nada con el régimen franquista, que quedó aislado y fuera del Plan Marshall hasta el Pacto de Madrid de 1953, poniendo el broche con la entrada en las Naciones Unidas de España en 1955, la visita del presidente Eisenhower en el 59 y la progresiva instalación de bases militares estadounidenses en territorio español.  Y por otro lado, volviendo al presente, con el apoyo actual al golpe de Estado en Ucrania, en su lucha por el control de territorios y recursos con Rusia, avalando a un gobierno con evidentes tintes fascistas en sus filas. Estos días se escandalizaban en la televisión pública alemana de los símbolos nazis que portaban miembros del ejército al servicio de Kiev.
En un mundo dividido en dos bloques, durante la Guerra Fría, con la amenaza ideológica que suponían las aspiraciones de igualdad y justicia que defendía la izquierda, convertida en el nuevo enemigo, los teóricos del capitalismo no podían permitirse hacer un capitalismo a su imagen y semejanza, por lo que optaron por un capitalismo con rostro humano. Keynes se convirtió en referencia, y bajo este abrigo teórico, se construyeron los conocidos estados de bienestar en los países desarrollados de Europa. Pero cuando cayó el muro y luego la URSS, todo fue distinto, el capitalismo tuvo vía libre y el neoliberalismo, que se venía gestando desde los años 70, se extendió sin límites desmontando el estado de bienestar, con el beneplácito y el apoyo tanto de los gobiernos y partidos de la derecha como por los llamados socialdemócratas, que no tuvieron problemas en renunciar a sus principios socialistas y marxistas para hacerse con su porción del pastel de gobernabilidad. Políticas de austeridad, reformas laborales, despidos masivos, disminución del gasto en servicios públicos, privatizaciones masivas de recursos como la energía, el agua, los transportes, la sanidad o la educación. En definitiva, distribución de la riqueza en manos de una minoría a costa de la gran mayoría social. Filosofía fascista. Fascismo social.
Citando de nuevo a De Sousa, “a diferendia del anterior, el fascismo actual no es un régimen político. Es más bien un régimen social y civilizacional. Trivializa la democracia hasta el punto que ya resulta innecesario sacrificar la democracia a fin de promocionar el capitalismo. Se trata de un tipo de fascismo pluralista producido por la sociedad en lugar del Estado, que es aquí un testigo complaciente, cuando no un culpable activo. Estamos entrando en un período en el que los Estados democráticos coexisten con las sociedades fascistas”.
En las estructuras del Estado Español, el viejo fascismo convive con la nueva doctrina fascista neoliberal, como ya hizo el régimen de Franco. Nuestras instituciones, durante la gran mentira de la Transición, solo sufrieron una renovación y un lavado de cara para adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas formas. Y los distribuidores del miedo de la época franquista, con todo atado y muy bien atado, siguieron ocupando sus privilegiados asientos después de la Transición. Proclamando una falsa libertad democrática representada en el destape, las modas, los aires de la movida o la droga, se sumió poco a poco a la población en el tedio político, donde votar se convirtió en un elemento más del circo del consumo y los políticos en falsos vendedores a domicilio consumidos desde nuestras pantallas de televisión cada vez más evolucionadas, símbolo del progreso.
En el Estado Español, miles de desaparecidos en fosas clandestinas sin homenajes ni laureles, calles con el nombre de genocidas, rubricadores oficiales de las últimas condenas a muerte del Régimen sentados en sus tronos y alabados por los medios, la población cada vez más empobrecida y la vanguardia del viejo y el nuevo fascismo sentada en el poder corroboran el desastre.
Hoy el viejo fascismo se manifiesta de nuevo en nuestros barrios y nuestras calles con acciones como la ocupación por parte de un grupo de ideología fascista del edificio de Tetuán al que han bautizado con el nombre de Hogar Social Ramiro Ledesma, conocido falangista admirador de Hitler que articuló las bases del nacional-sindicalismo en España. Este centro se dedica a repartir alimentos a personas exclusivamente de nacionalidad española. Esto, en un barrio como el de Tetuán, con un elevado índice de inmigración, constituye no sólo un claro ejemplo de exclusión, sino también de provocación. Y más teniendo en cuenta que a escasos 600 metros hay otro centro social ocupado, de cariz totalmente distinto, como La Enredadera, que realiza desde hace años una gran labor social en el barrio. ¿Cuál ha sido la reacción del gobierno de la Comunidad de Madrid ante el conflicto? Decir que el Ramiro Ledesma será desocupado pero que La Enredadera también.  De hecho, el juez acaba de ordenar el desalojo del Ramiro Ledesma. Respecto a La Enredadera, la policía se ha reunido con la parte propietaria del edificio, pues necesitan que se interponga una denuncia por su parte, pero la respuesta ha sido que mantienen una relación contractual con los ocupantes del inmueble. El domingo pasado, tuvo lugar otra manifestación por parte de los vecinos de Tetuán en rechazo a la ocupación del centro de ideología nazi. Los que nos congregamos en la plaza de Las Palomas, nos vimos acorralados por una cantidad ingente y desproporcionada de antidisturbios que se dedicaron a identificar a un gran número de manifestantes para hacerles llegar las correspondientes multas disuasorias, y posteriormente a rodear completamente los accesos a la plaza, procediendo a identificar igualmente a todo el que salía. Sobran los comentarios.
Los que afirman que el fascismo es algo desfasado y anacrónico, realmente, o se encuentran bastante despistados o pretenden despistarnos. Como en el pasado, el viejo fascismo aprovecha las épocas de crisis, con un alto índice de paro y de creciente pobreza para difundir su discurso aparentemente obrerista y cercano a la gente de abajo, pero claramente xenófobo y discriminador. Racista, para ser más exactos.
Pero cuidado, el viejo fascismo también apuesta por las instituciones. Y no hay más que echar un vistazo al mapa. Ucrania, Amanecer Dorado en Grecia, el Frente Nacional de Marie Le Pen en Francia, el Partido de la Libertad en Austria, el HSP en Croacia (la fuerza más votada), el Partido Popular en Dinamarca (la fuerza más votada), el JOBBIK en Hungría, el Partido Nacionaldemócrata de Alemania, todos de extrema derecha y que han obtenido representación en el Parlamento Europeo en las últimas elecciones, algunos con un gran número de escaños.  Todos estos son claros ejemplos de que si nos seguimos relajando y perdiendo  el norte política y socialmente hablando, las consecuencias para la población pueden ser desastrosas.

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