LA ÚLTIMA LÁGRIMA DE OCCIDENTE

PALESTINA-8

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Tres cuerpos sin vida yacen abatidos con sus ojos cerrados apuntando a un cielo claro de luna llena de agosto. Una niña de unos 10 años contempla estupefacta la escena desde la barrera improvisada de una pancarta blanca garabateada con grandes letras negras. Una lágrima se desprende de su pupila ensimismada y se precipita abandonada recorriendo su tierna mejilla pueril. Dos mujeres y un hombre cubiertos con sábanas blancas teñidas de manchas de una sangre artificial de bote de ketchup escenifican la masacre; mujeres con sus cabezas veladas sentadas junto a los cuerpos simulan el dolor ajeno de la muerte. La lágrima dibuja a su paso una frontera imprecisa que divide su rostro en dos mundos antagónicos. En uno reina el dolor y la rabia; en otro impera la barbarie. 

Cientos de velas dibujan un garabato de libertad junto a la estatua de Felipe III en la Plaza Mayor de una hermosa noche de verano en Madrid. Una bandera negra, banca, verde y roja ondea mecida por unos brazos insistentes. La luz de las llamas alumbra el semblante húmedo de la niña emocionada.

Minutos atrás, miles de pies caminaban desde Tirso de Molina pasando por la embajada israelí. Miles de voces sobre el suelo de Madrid y millones bajo el techo del globo alzando su grito por Palestina y contra los despreciables verdugos de un pueblo. Los pasos se detienen en la plaza y comienza el despliegue, la vindicación representada de lo atroz. Hoy no hay discursos. Todas y todos saben por qué están ahí. No hay nadie a quien convencer. Apenas hay policía. Ni rastro de los medios de comunicación al servicio del dinero de las grandes empresas. Medios que tararean al unísono las mentiras diseñadas por los mismos estrategas de la barbarie, hipócritas lameculos del poder. Ni rastro de organizaciones como Amnistía Internacional con su discurso en tierra de nadie de que todas las víctimas son iguales, equivalente a que ambos frentes son iguales.

Hoy todas las voces saben por qué claman. Las palabras son de grito y de dolor. Dolor por la sangre derramada de un pueblo al que cada día le quedan menos lágrimas en el pozo amargo del desgarro. De un pueblo obligado a cambiar la lágrima por el fusil y por la piedra. La inocente arma de David ondeando contra la “manu militari” de un gigante decidido a aplastar hasta el exterminio a los legítimos habitantes de todo un territorio. Adolescentes escribiendo mensajes de muerte en misiles fabricados y vendidos por las grandes potencias europeas y americanas. El odio cultural hacia lo árabe penetrando las conciencias de millones de judíos arropados por un Estado constituido con la excusa mundial de un genocidio que acaban emulando con distintos métodos y contexto pero similares resultados.

Cada día más sangre derramada, sangre real y tangible y no de bote de tomate americano. Sangre de venas y arterias destrozadas que minutos atrás circulaba en sistemas sanguíneos perfectamente articulados, muchas veces infantiles, ensucia de un rojo oscuro el asfalto y la tierra legítima de un pueblo devastado y encarcelado en los muros de la vergüenza del mundo. La hipocresía diplomática que a lo máximo dice una cosa cara a la galería y hace la contraria cara a la realidad.

Millones de acuerdos comerciales del mundo occidental con los abanderados del sionismo y su entramado empresarial avalan la masacre y silencian las posibles voces discordantes insertas en el sádico engranaje del sistema. Voces judías disidentes recordando que todavía habita la justicia en muchas de las conciencias que anidan en el monstruo. Sionismo y crímenes de Estado frente a una parte del pueblo judío que se mantiene digno. 

Las velas en la Plaza Mayor de Madrid se van apagando y nuevas manos van encendiendo las mechas que paren nuevas llamas como las madres palestinas paren nuevos hijos que sustituyen a los abatidos y garantizan la existencia física de un pueblo. Hijos e hijas que crecerán hermanados con la lágrima y con la rabia, con el odio y con la pena, con la pólvora y con la piedra. Detrás de la pancarta que acusa al Estado israelí de genocidio, la niña emocionada, como saliendo de su ensimismamiento, retira la mirada de los cuerpos aparentemente sin vida tendidos en la plaza, mira a su alrededor consternada, dirige el puño hacia su cara y con el dorso de su maño seca la lágrima desprendida por su rostro, la última lágrima de occidente, que, borracha de emociones postmodernas, dejó de llorar por los muertos ajenos abatidos en la distancia de nuestras pantallas.

Las velas se van muriendo y la plaza lentamente vaciando. Pero todavía hay gente que permanece sentada en el suelo con las pancartas descansando a sus pies. Echo una última mirada general, tapo el objetivo de mi cámara y la guardo en la mochila. Impregnado del sentimiento general que se respira durante toda la manifestación, abandono la plaza con esa sensación de belleza extraña y ambigua que desata la solidaridad consecuencia de la barbarie y me marcho a casa con la duda y la impotencia de preguntarme si todo esto sirve para algo, pero con la tranquilidad culpable de pensar que he puesto mi granito de arena. Mientras, niñas, ancianos y jóvenes en Palestina siguen trazando con su sangre el dibujo abstracto de una masacre orquestada y consentida sobre el suelo y la razón de su tierra deseada.

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