BRASIL Y LA FIESTA DEL FÚTBOL

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Se echó el cierre al Mundial de fútbol 2014. Se fueron acabando los sueños para muchos y besaron la gloria unos pocos. La selección española no esperó a la final para ceder su trono. Dos partidos bastaron para que comenzaran a hacer las maletas del destierro. Esta vez, los jugadores no tendrán que depositar sus escandalosas primas en paraísos fiscales para no mezclar así sus tesoros con los tributos del vulgo. De dioses volvieron a sentirse mortales, redescubriendo un dolor más intenso que el de los tacos de un central clavados en sus cotizados tobillos. Como ella cayeron Italia, Inglaterra o Portugal. Costa Rica sorprendió con su juego en equipo de cuyo trabajo de motivación grupal se ha encargado, en lugar de un psicólogo, un sociólogo, más centrado en los aspectos colectivos que en los individuales. Luis Suarez sacó literalmente sus dientes para hundirlos en el cuello de Italia; Mújica  calificó la los miembros de la FIFA como “viejos hijos de puta” y tildó la desproporcionada sanción de fascista. A Neimar un rodillazo por la espalda le fracturó la tercera vértebra lumbar, quedándose a dos centímetros de la silla de ruedas, sin sanción alguna para el causante. Finalmente Brasil cayó destrozado ante la poderosa Alemania.  A partir de ahí, la esperanza latinoamericana descansaba sobre las espaldas de la selección Argentina. Todos los augurios pronosticaban que los germanos pasarían por encima de la albiceleste. Pero la selección argentina salió con todo su arsenal de buen fútbol y derroche de energía, con todos sus jugadores sin excepción implicados al máximo. Fueron pasando los minutos y de nuevo nos encontramos a un descolorido, andante y cabizbajo Messi. Pero otros como el incombustible y eficaz Mascherano mantenían la escuadra a flote. Las fuerzas estaban igualadas, y la prórroga fue inevitable. Y, a falta de unos minutos de los penaltis, apareció la inspiración eventual de Alemania dando al traste con un trabajo épico de Argentina para neutralizar al a priori temible combinado alemán.

Los mundiales son algo más que un juego entre diferentes alineaciones deportivas. A la hora de apoyar a uno u otro bando en liza, suelen entrar en juego o bien preferencias puramente nacionalistas o patrióticas relacionadas con el lugar de nacimiento o residencia, o bien razones políticas, sociales, culturales o emocionales; en todo caso, aspectos puramente subjetivos.

Los mundiales son grandes sencillamente porque a veces ganan los pobres. Y la final de este mundial era algo más que Argentina contra Alemania. Era el espíritu del Che, Maradona, la esclavitud americana, el subdesarrollo y el ALBA contra la siniestra actualidad de Merkel, el imperialismo, la deuda y el Banco Central Europeo. Y de nuevo la tecnocracia del fútbol, como la llama Eduardo Galeano, se impuso al corazón y al sentimiento. Resumiendo, volvieron a ganar los de siempre.

Antes de todo esto, Brasil se vistió con sus mejores galas para recibir a sus invitados de lujo venidos de todos los lugares del mundo dispuestos a consumir una buena dosis de entusiasmo y del mejor fútbol mundial.  Para ello, limpió las calles de elementos indeseables y movió gentes de barrios enteros para hacer las delicias de tan honrados visitantes.  Y por si a alguno de los desplazados se le ocurría recurrir a la violencia como respuesta, movilizaron a todas sus fuerzas de seguridad nacional para salvaguardar el buen discurrir de semejante fiesta del pantalón corto.

Pero las gentes, enfadadas desde meses atrás, exigiendo mejores servicios públicos de salud y educación y protestando por el elevado gasto que supone este evento, seguían llenando las avenidas de las ciudades de Brasil para mostrar su indignación por el deterioro de las condiciones sociales que se les imponían mientras veían cómo se había tirado la casa del gigante latinoamericano, no ya por la ventana, sino por la puerta de atrás de la especulación más salvaje.

El mágico balón echó a rodar sobre la hierba húmeda de Sao Paulo y, como un encantador de serpientes, la indignación fue cayendo en su influjo y aparcando sus desdichas, sin olvidarse de ellas pero aliviándolas en esa pócima misteriosa que es el fútbol. Y, a pesar de estar en contra de un mundial que supone un alto coste para el país, se fueron entusiasmando con su equipo como un preso aferrado a su tiempo de patio y evasión, aprovechando el momento para por lo menos vibrar con la cercanía de sus héroes futbolísticos. Al contrario de lo que se nos ha contado, las manifestaciones no han cesado en este tiempo, pero sí es cierto que han disminuido su intensidad como si de una tregua transitoria se tratara.

Brasil fue avanzando hasta semifinales y la gente comenzó a creer en el milagro de ver a los suyos alzarse con la copa para así ser redimidos momentáneamente de sus miserias internas. Pero se encontraron con un muro de hormigón y cayeron como nunca ante la poderosa Germania, hundiendo en la depresión hasta a los más entusiastas seguidores brasileños.

La vuelta a la realidad tras una evasión finalmente demoledora puede ser terrible. Pero los manifestantes, insistentes, vuelven a salir a la calle a retomar su actividad de desgaste y denuncia ante tanto despropósito.

El Mundial se acabó, los invitados regresaron y Brasil se encontró de nuevo sola, triste y desolada. Aunque por poco tiempo. Esto no ha sido más que una antesala de lo que será la orgásmica fiesta del deporte que significarán los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro de dentro de dos años. El negocio del deporte se frota las manos mientras su mercancía más preciada, los deportistas, sudan en los gimnasios y en las canchas acumulando sueños y entrenamientos. Los especuladores preparan toda su parafernalia para hacer del juego espectáculo para el consumo de masas.

Y Brasil se volverá a encontrar de nuevo sola y decaída una vez el orgasmo supremo del deporte abandone aquellas latitudes para desgracia de otras tierras que albergarán el sueño olímpico tan anhelado para unos como temido para otros.

La gente está harta, y la tensión social se puede contener durante un tiempo o unos días de tregua futbolística, cierto, pero si no hay cambios profundos en el modo de hacer las cosas por parte de los señores y señoras que desgobiernan este y otros países para beneficio de los de siempre, es imposible que poner diques policiales a una indignación popular en aumento sirva para algo más que para generar más y más indignación y rabia colectiva o individual. La primera, la colectiva, tiene su respuesta en las protestas más o menos violentas que buscan un cambio social. Pero la segunda, la individual, ya la conoce muy bien el pueblo americano: delincuencia, mafia, droga, corrupción, caos y violencia sin sentido.

Volviendo al deporte que tantas pasiones levanta, es una verdadera lástima que la última imagen y noticia del Mundial 2014 sea la del espectáculo bochornoso que ofrecieron los jugadores del equipo vencedor en su celebración a su llegada a Alemania, haciendo una laureada escenificación comparando el modo de caminar de los gauchos, agachados y cabizbajos, con el de los alemanes, absolutamente, erguidos y victoriosos. También hubo mofas para los brasileños a los que ya humillaron en el campo. Produce vergüenza ajena ver las imágenes. No sería justo para una gran parte del pueblo alemán la comparación evidente ante semejante número, y más teniendo en cuenta que, a diferencia de estados como el nuestro, el alemán condena por ley los símbolos fascistas; pero no me extraña que algunos estos días no se resistan a hacer alusión a tiempos pasados por todos conocidos.

Estos hechos sólo confirman que, al menos subjetivamente, esta vez tampoco ganaron los buenos.

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